Vámonos para la feria (1961) watch online (quality HD 720p)

Date: 05.02.2018

Vámonos para la feria (1961)

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Pero las barcas crujen desventradas de cajones: Buena parte de su rostro lo ocupan los ojos, absortos, negrazos, dirigidos sin prisa, con abundancia profunda de fulgor. Su boca es grande, porque sus dientes quieren brillar en la luz del mar desde lo alto de su risa.

Su ser comienza en dos pies diminutos y sube por las piernas de forma sensual, cuya maduridad, la mirada quisiera morder. Despacio, despacio va el barco costeando estas tierras, como si hiciera gran esfuerzo por desprenderse, como si lo atrajeran las voces ardientes del litoral.

Conversa en la melosa lengua portuguesa, y le da encanto su idioma de juguete. Bueno, las tardes al caer en la tierra se rompen en pedazos, se estrellan contra el suelo.

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Y la noche nos tapa los ojos de sorpresa, sin que se oigan sus pasos, queriendo saber si ha sido reconocida, ella, la infinita inconfundible. Port Said Comentar este pasar de cosas es adquirir un tono. Se rueda sobre el plano inclinado de una tendencia interior y van apareciendo presencias: Del agudo sol africano que, uno a uno, hace pasar mis dedos del rojo al blanco. Estamos frente a Djibuti. Djibuti es blanco, bajo, cuadrado en su parte europea, como todos los dados sobre un hule resplandeciente.

Lo he dominado, paseando bajo su sol en las horas temibles: Tortuosa, aplastada, de materiales viejos y resecos: En multitud, a racimos, colgadas de nuestros brazos quieren, cada una, ganar las monedas del extranjero. En ese instante, del fondo, aparecen dos mujeres. De una parecida sombra ardiente y dura, ya para siempre pegada al metal recto de los pechos, a la fuerza de piedra de todos los miembros.

Los talones golpean el suelo con pesado fulgor: Es de noche, una noche llegada con fuerza, decisiva. Su cuerpo sufre, se fatiga luchando. Los negros de la Martinica duermen, voluptuosos, diurnos: De un punto a otro del tiempo, vuela con furor, el viento silba a su lado como en torno a un proyectil.

Los corsos roncan, sonoros como caracoles, llenos de tatuajes, con semblante de trabajo. Tengo miedo de despertarlos. Estuve en Colombo a las Ni rostro de mujeres, ni sombra de canciones alegres. La multitud que cruza tiene cierta uniformidad.

Las mujeres, casi todas con adornos en la nariz, agujereada con piedras azules o moradas, vestidas de tul pesado; al cuello, echarpes multicolores. Entre la gran multitud de seres descalzos, de cuando en cuando, ingleses de grandes botas, malayos de zapatillas de terciopelo.

Parece no existir ni la miseria ni el dolor en este mundo indiferente. Las tiendas de los peluqueros asombran, sobre todo: Los usureros, llamados chettys, se pasean con grandes barbas de monarca, en camisa, con aire impasible: El barco sale de Colombo.

Luego, dispersas, las canoas cingalesas de velas ocre y rojo, tan estrechas, que los tripulantes van de pie sobre ellas. De pie y desnudos como estatuas, parecen salir de la edad eterna del agua, con ese aire secreto de la materia elemental.

Diurno de Singapur Despierto: Miro la ventana, luego el mapa. Pero, verdaderamente, la capital de los Straits Settlements, es China. Las anchas calles del barrio chino dejan apenas trecho para el paso de un poeta. Hay forjadores que manejan sus metales en cuclillas, vendedores ambulantes de frutas y cigarros, juglares que hacen tiritar el mandolino de dos cuerdas.

Casas de peinadores en que la cabeza de la cliente se transforma en un castillo duro, barnizado con laca. El virtuoso no para en eso: Baja, con grandes parques, calles anchas, es un reflejo de una ciudad inglesa en que de repente, una pagoda, un templo, muestran su arquitectura envejecida, como restos de instinto, rastros oscurecidos del resplandor original.

La espalda de mi ricksha man chorrea sudor por la hendidura de su espinazo de bronce, veo correr los hilos gruesos y brillantes. En verdad es extraordinario. Los hay inmensos peces caparazudos y sedentarios, leves medusas tricolores, peces canarios, amarillos como azufre. Pasean por su soleado estanque los "peces mariposas", anchos como lenguados, con una varilla enmarcada en el lomo y anchas cintas azules y doradas.

Las serpientes marinas son impresionantes. Otras, en un perpetuo martirio de movimiento, ondulan con velocidad, sin detenerse un segundo. Es tarde cuando regreso del movible Museo. Son oraciones, alabanzas sagradas, leyendas rituales, ramayanas. Smoking room Los mendigos ciegos anuncian su presencia a campanillazos. Es en la ciudad europea donde se agitan confundidas las remotas razas detenidas en la puerta del Extremo Oriente.

El malayo originario escasea. Ha sido desplazado del oficio noble, y es humilde coolie, infeliz ricksha man. Los travellertrees en forma de abanico. Pero lo extraordinario es una venta de fieras que he visto en Singapur. Los tigres se revuelven en una furia espantosa. No son los viejos tigres de los circos de fieras, tienen otra apostura, diverso color. Orangutanes ladrillosos asaltan con furia la pared de la jaula, los osos de Malasia juegan con aire infantil. Las luces de Hong Kong tiemblan, colocadas en su teatro de cerros.

Todos los pasajeros del barco en que viajo descienden en Shangai, como fin de viaje. Vienen de Noruega, de la Martinica, de Mendoza. Estas presencias severas y amenazantes imponen la seguridad sobre el gran puerto. El coolie de Shangai toma ante el blanco un aire de definida insolencia: Su vida numerosa se ha llenado de placeres; en Extremo Oriente marca el mismo solsticio del cabaret y la ruleta.

A pesar, yo hallo cierta tristeza en estos sitios nocturnos de Shangai. Dancings en que las piernas bombachas del marino internacional se pegan obligatoriamente a las faldas de la rusa aventurera. Ninguno de tanta confianza en la desgracia, de tanta similitud con el olvido. Yo admiro su figura y con horror me persigno ante ella, para que me favorezca: Esas palabras, sus grandes significaciones, abandonan el mundo expulsadas por un vestuario sin grandeza.

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Pero quiero hablar del Oriente, de esa continua saison de los trajes. En sus hombros, franjas de tela como estolas, penden hasta los pies, subidos en coturnos de metal y laca. Este es el personaje: El traje callejero chino es simple y sin belleza: Eran bellas, pero no es eso.

Sus trajes, en que el color rodea, como un aceite o una llama. Estaba en su papel el poeta, en ese cargo por mitad sagrado y director.

Yo di la mano al viejo poeta, grande en su ropaje, augusto de barbas. En Birmania, donde escribo este ocio, el colorido solamente designa los trajes. Lleva una chaquetilla oscura, de estilo chino, sin solapas, es decir, franca: Entre la multitud colorinesca pasean los ponys, frailes budistas mendicantes, serios como resucitados, vestidos de un sayo ligero, vivamente azafranado, sagradamente amarillo. Muchas veces, dormido, reveo aquella triste danza de suburbio.

A veces, se oye el trompetear de los elefantes salvajes o el familiar aullido de los chacales. A veces, un disparo de cazador estalla y cesa, tragado por el silencio, como el agua traga una piedra.

Anuradhapura, Polonaruwa, Mihintale, Sigiriya, Dambulla. No hay en el planeta sitio tan desolado como Sigiriya.